
En un jardín lleno de flores de todos los colores vivía María, una gatita muy especial. No era especial por ser la más ágil saltando o la más rápida persiguiendo mariposas, sino por algo mucho más asombroso. María tenía el pelo de un suave color rosa, casi como el algodón de azúcar, y unos ojos grandes y brillantes de color verde esmeralda que parecían guardar todos los secretos del universo. Pasaba sus días explorando cada rincón del jardín, pero lo que más disfrutaba era escuchar los susurros de las hojas y los trinos de los pájaros, porque María tenía un don único: podía entender y hablar con todos los animales. Desde las hormigas que marchaban en fila hasta las abejas que zumbaban laboriosas, todos eran sus amigos y confidentes. Su hogar era una pequeña casita bajo el gran roble, donde compartía sus aventuras con todos sus amigos del reino animal.

Un día, mientras María descansaba bajo su roble favorito, escuchó un llanto desconsolado. Era Piojo, un pequeño gorrión que había perdido a su mamá. Piojo estaba muy asustado y no sabía qué hacer. María, con su corazón lleno de compasión, se acercó a él y le preguntó qué le pasaba. Con lágrimas en los ojos, Piojo le contó su problema. María, usando su increíble habilidad, comenzó a preguntar a cada pájaro que pasaba si habían visto a la mamá de Piojo. Habló con las golondrinas que volaban alto, con los petirrojos que anidaban en los arbustos y hasta con el viejo búho sabio que vivía en el campanario. Todos querían ayudar a la pequeña gatita rosa y al afligido gorrión.
Finalmente, una paloma mensajera le informó a María que había visto a una mamá paloma buscando desesperadamente a su polluelo cerca del río. María, llena de esperanza, le dijo a Piojo que la esperara mientras ella iba a investigar. Corrió a toda velocidad hacia el río, y allí, junto a la orilla, encontró a una paloma muy angustiada. María, sin dudarlo, le habló suavemente y le explicó la situación. La mamá paloma, aliviada al escuchar la voz clara y comprensiva de María, entendió todo. Juntas, María y la paloma mensajera guiaron a Piojo de regreso con su madre, quien lo abrazó fuertemente. Desde ese día, María supo que su don no solo la hacía especial, sino que también le permitía hacer del mundo un lugar más amable y ayudar a quienes lo necesitaban, enseñando que la comunicación y la empatía son las verdaderas superpotencias.
Fin ✨
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