El Árbol Triste y la Sombra Fugitiva

Por
maria ascencio rodriguez
maria ascencio rodriguez
29/11/2025INICIAL
En el corazón del Bosque Susurrante, donde los rayos del sol danzaban entre hojas esmeralda, vivía u
Inicio del Cuentito

Parte 1

En el corazón del Bosque Susurrante, donde los rayos del sol danzaban entre hojas esmeralda, vivía un niño llamado Árbol Triste. No era un niño común y corriente; era un caballero, un protector del bosque, con una melena de cabello gris como las nubes de tormenta y unos ojos del mismo color que miraban el mundo con una profunda bondad. Su piel era oscura como la tierra fértil, y en sus manos pequeñas residía un don extraordinario: el poder de la sanación. Podía aliviar el dolor de las criaturas más pequeñas y restaurar la vitalidad de las plantas marchitas con un simple toque. A pesar de su nobleza y su poder, Árbol Triste sentía una profunda melancolía, una tristeza que parecía arraigada en su ser como las raíces de un roble anciano. Esta tristeza no era causada por nada en particular, sino que era una sombra constante que lo acompañaba. La observaba en el vuelo de las mariposas, en el canto de los pájaros, en el murmullo del arroyo. Buscaba su origen, intentando comprender por qué un niño con un poder tan maravilloso se sentía a menudo tan solo y desanimado. Había sanado a innumerables seres del bosque, había devuelto la luz a ojos apagados y la fuerza a patas cansadas, pero su propia sombra interior permanecía esquiva, sin curarse. Un día, mientras Árbol Triste exploraba las profundidades del bosque, se encontró con una criatura diminuta, un pequeño zorro con una pata herida. El zorrito lloriqueaba de dolor, y Árbol Triste, con su corazón tierno, se arrodilló a su lado. Extendió sus manos y un suave brillo plateado emanó de sus palmas. Tocó la pata del zorro, y al instante, el dolor desapareció. La herida se cerró, dejando solo un recuerdo. El zorrito, agradecido, lamió la mano de Árbol Triste antes de desaparecer entre los arbustos, ágil y lleno de vida. Sin embargo, mientras veía al zorrito alejarse, Árbol Triste notó algo peculiar. Una pequeña sombra grisácea, casi imperceptible, se desprendió de él y siguió al zorrito. Por primera vez, Árbol Triste sintió un atisbo de curiosidad mezclada con su tristeza habitual. ¿Era esa sombra lo que lo afligía? ¿Acaso su poder de sanación no lo curaba a él mismo, sino que transfería su propia aflicción a las sombras que lo rodeaban? Decidió seguir a la sombra. No con prisa, sino con la paciencia que la naturaleza le había enseñado. La sombra se movía erráticamente, a veces rozando una flor marchita y devolviéndole su color, otras veces cayendo sobre un pájaro con el ala rota, permitiéndole emprender el vuelo de nuevo. Árbol Triste se dio cuenta de que su poder, aunque sanador, también implicaba un sacrificio: su propia tristeza, liberada en pequeñas porciones, se convertía en la sombra que él mismo percibía.

El camino de Árbol Triste se convirtió en una peregrinación silenciosa. Cada acto de sanación, cada
Desarrollo del Cuentito

Parte 2

El camino de Árbol Triste se convirtió en una peregrinación silenciosa. Cada acto de sanación, cada criatura que ayudaba, liberaba una pequeña fracción de su tristeza, manifestándose como esa sombra esquiva que lo seguía. Se dio cuenta de que su poder no era un don inagotable, sino un ciclo de dar y recibir. Él daba su energía sanadora, y su propia melancolía se desprendía de él para aliviar el sufrimiento ajeno. Al principio, esto lo entristeció aún más, pues pensaba que nunca se libraría de su pesada carga. Pasaron los días, y Árbol Triste continuó su labor. Sanó a un ciervo con un espino incrustado, ayudó a un árbol anciano a recuperar sus hojas perdidas y devolvió el brillo a los ojos de un búho asustado. Con cada curación, la sombra se volvía un poco más densa, más definida, pero extrañamente, Árbol Triste también sentía una ligereza creciente en su interior. Era como si, al desprenderse de la tristeza, le diera espacio a algo nuevo. Una tarde, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de naranja y púrpura, Árbol Triste se encontró con un grupo de ardillas que habían perdido sus nueces y estaban a punto de morir de hambre. Usando su poder, las guió hasta un claro secreto donde crecían abundantes árboles de avellana. Al ver la alegría de las ardillas, algo cambió en Árbol Triste. Ya no sentía la carga de la sombra, sino la cálida satisfacción de haber hecho el bien. La sombra, al posarse sobre las ardillas, no les causó daño, sino que pareció hacer que las nueces brillaran con más intensidad, como si hubieran absorbido parte de la energía sanadora. Observando esto, Árbol Triste tuvo una revelación. Su tristeza no era una enfermedad a ser curada, sino una parte de su poder, un sacrificio necesario que se transformaba en una fuerza positiva para los demás. La sombra no era algo que debía desaparecer, sino algo que, al ser liberado, nutría el mundo. Era el eco de su compasión, la prueba de que su propia aflicción podía generar bienestar en otros. Comprendió entonces que su poder no lo hacía débil o defectuoso, sino profundamente humano y empático. Su tristeza, convertida en sombra, era la prueba tangible de su amor por el bosque y sus habitantes. Ya no se sentía un caballero melancólico, sino un protector que ofrecía su propia esencia para sanar el mundo, aceptando que su propia paz interior se construía en el acto de dar.

Parte 3

Desde aquel día, Árbol Triste ya no luchó contra su melancolía, sino que la aceptó como parte de su viaje. Continuó su labor de sanación, pero ahora con una nueva perspectiva. Cada vez que sentía la tristeza asomarse, la veía como una oportunidad para ofrecer su luz a quien la necesitara. La sombra grisácea que lo acompañaba se volvió un símbolo de su generosidad, una manifestación visible de su compasión. Aprendió a equilibrar su propio bienestar con el de los demás. Si se sentía demasiado abrumado, buscaba la quietud junto al arroyo o bajo el dosel de los árboles más antiguos, permitiendo que la naturaleza le devolviera la energía. Descubrió que incluso los sanadores necesitan ser sanados, y que cuidarse a sí mismo era fundamental para poder seguir cuidando a los demás. Un día, una gran sequía azotó el Bosque Susurrante. Las hojas se marchitaron, los arroyos se secaron y las criaturas luchaban por encontrar agua. Árbol Triste, sintiendo la desesperación del bosque, concentró todo su poder. Se paró en el centro del bosque y extendió sus brazos. De sus manos fluyó un torrente de luz sanadora, empapando la tierra seca. La sombra que lo acompañaba se expandió, envolviendo los árboles y las plantas, y al hacerlo, liberó una lluvia suave y revitalizante. La lluvia cayó durante días, y el bosque volvió a la vida. Las criaturas cantaron de alegría, las hojas verdes brillaron bajo el sol, y los arroyos volvieron a correr. Árbol Triste, exhausto pero radiante, observó su obra. Había utilizado no solo su poder curativo, sino también la esencia de su propia tristeza, transformándola en la salvación del bosque. Árbol Triste aprendió que la verdadera fortaleza no reside en la ausencia de tristeza, sino en la capacidad de transformarla en amor y servicio. Comprendió que cada uno tiene dones únicos, y que al compartir esos dones, incluso aquellos que parecen cargas, podemos crear un mundo más brillante y lleno de esperanza. Y así, el caballero del bosque, el Árbol Triste, continuó su noble labor, un faro de compasión y sanación, demostrando que incluso las sombras pueden bailar bajo la luz.

Desde aquel día, Árbol Triste ya no luchó contra su melancolía, sino que la aceptó como parte de su
Final del Cuentito

Fin ✨

Detalles del Cuentito

Protagonista:El Árbol Triste
Categoría:
Tipo de personaje:
Superpoder:
Estilo:

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