
En lo alto de las Montañas Nevadas vivía Mono De Nieve, un niño mago de cabellos tan blancos como la nieve recién caída y ojos del color del cielo de verano. Su piel era clara, y su sonrisa, cálida como el sol que rara vez asomaba entre las cumbres. Mono De Nieve no era un mago común; poseía un don especial, un superpoder maravilloso: el poder de curar. Con un simple toque, las heridas sanaban y la tristeza se desvanecía como la niebla al amanecer. Un día, mientras jugaba con copos de nieve que danzaban a su alrededor, escuchó un murmullo débil que venía del valle. Era el sonido de la preocupación. La Aldea Brillante, un lugar que siempre irradiaba alegría, estaba sumida en una extraña enfermedad que apagaba sus luces y hacía tristes a sus habitantes. El sol, que solía reflejarse en los techos de las casas, ahora se veía opaco. Mono De Nieve, sintiendo la pena de la aldea, decidió emprender un viaje. Se puso su túnica azul cielo, un regalo de la vieja guardiana de las nieves, y se despidió de su hogar en las alturas. Sabía que su magia curativa sería necesaria. Llevaba consigo una pequeña bolsa de hierbas mágicas y la esperanza de devolver la luz a la Aldea Brillante. El descenso fue largo y frío, pero la determinación de Mono De Nieve era más fuerte que cualquier ventisca. Mientras bajaba, veía cómo los árboles perdían sus hojas de escarcha y las flores de hielo se marchitaban. La enfermedad de la aldea parecía extenderse, robando la vitalidad de todo a su paso. Era un desafío, pero Mono De Nieve estaba listo para enfrentarlo. Al llegar a las afueras de la Aldea Brillante, la vio desolada. Las luces que solían saludar a los viajeros estaban apagadas, y un silencio inusual reinaba en sus calles empedradas. Los aldeanos, con rostros pálidos y ojos apagados, apenas se movían. Mono De Nieve sintió una punzada de tristeza, pero sabía que no podía rendirse. Su poder estaba listo para actuar.

El primer aldeano que encontró Mono De Nieve fue el panadero, un hombre robusto que ahora parecía encogido y débil. Su horno, que antes despedía un calor acogedor, estaba frío. El panadero tosió con debilidad, y Mono De Nieve se acercó con una sonrisa tranquilizadora. "No temas", dijo el pequeño mago, extendiendo sus manos. "Mi magia está aquí para ayudarte". Un suave resplandor azul emanó de las palmas de Mono De Nieve, envolviendo al panadero. Poco a poco, el color volvió a sus mejillas, su respiración se hizo más profunda y sus ojos recuperaron el brillo. La enfermedad retrocedió, dejando atrás a un hombre renovado y lleno de energía. "¡Gracias, joven mago!", exclamó el panadero, sintiendo una fuerza que no recordaba haber tenido. "¡La aldea te agradecerá!" Con la esperanza reavivada, Mono De Nieve recorrió las calles, tocando a cada habitante afectado. Tocó a la anciana tejedora, devolviéndole la vista clara para sus intrincados patrones. Tocó al joven granjero, devolviéndole la fuerza para cuidar sus campos. Cada toque era una chispa de luz que disipaba la oscuridad de la enfermedad. Las casas de la Aldea Brillante comenzaron a encenderse una a una, primero tímidamente, luego con fuerza, reflejando la salud recuperada de sus moradores. Las risas de los niños volvieron a escucharse, y el sonido de la música llenó el aire. La magia curativa de Mono De Nieve estaba obrando milagros, trayendo de vuelta la vitalidad y la alegría. Pero Mono De Nieve sabía que la enfermedad tenía un origen. Los aldeanos le contaron que había aparecido después de que las sombras oscuras del Bosque Murmurante se hubieran acercado demasiado a la aldea, cubriendo el arroyo que alimentaba sus jardines con una especie de niebla enfermiza. Para curar completamente la aldea, debía eliminar la fuente de la aflicción.
Armado con esta nueva información, Mono De Nieve se dirigió hacia el Bosque Murmurante. Las sombras eran densas y el aire, cargado de un frío antinatural. Los árboles parecían retorcerse y los susurros parecían advertirle que se diera la vuelta. Pero Mono De Nieve, con su cabello blanco ondeando al viento gélido, caminó con valentía hacia el corazón del bosque. En el centro del bosque, encontró la fuente de la enfermedad: un viejo y marchito árbol que emitía una neblina gris y pegajosa. Era el "Árbol de las Lamentaciones", que se alimentaba de la tristeza y la debilidad. Los murmullos eran sus lamentos, que se extendían y enfermaban a quienes estaban cerca. Mono De Nieve entendió que la fuerza del árbol residía en la pena. Para derrotarlo, no necesitaba luchar con magia agresiva, sino con la opuesta: el amor y la alegría. Cerró los ojos y se concentró en los recuerdos más felices de la Aldea Brillante: las risas, la música, la luz del sol. Reunió toda la energía positiva que pudo. Abrió los ojos y colocó sus manos sobre el tronco rugoso del Árbol de las Lamentaciones. En lugar de un aura curativa, concentró en él un torrente de pura luz y calor, la esencia misma de la alegría y la vitalidad. El árbol tembló, sus lamentos se convirtieron en gemidos, y la niebla gris comenzó a disiparse, siendo reemplazada por una luz dorada. Finalmente, el Árbol de las Lamentaciones dejó de gemir. Se enderezó, y de sus ramas brotaron hojas verdes y brillantes, y flores de colores vibrantes. El bosque volvió a la vida, lleno de cantos de pájaros y luz solar. Mono De Nieve había curado no solo a la aldea, sino también al bosque. Regresó a la Aldea Brillante, donde fue recibido como un héroe. Aprendió que el poder más grande no siempre es el más fuerte, sino el que nace del amor y la bondad, capaz de sanar incluso a las cosas más oscuras. Y así, la Aldea Brillante brilló más que nunca, con la lección de que la compasión puede curar cualquier mal.

Fin ✨
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