
Max era un niño extraordinario, un joven mago con una cabellera castaña que le caía sobre unos ojos curiosos de color marrón. Su piel, pálida y suave, contrastaba con la magia que burbujeaba en su interior. Max no era un mago cualquiera; su don más preciado, su superpoder, era la asombrosa habilidad de hablar con todos los animales, desde el más pequeño ratón hasta el majestuoso águila. Vivía en una casita al borde de un bosque antiguo y misterioso, un lugar lleno de susurros y secretos que solo él podía descifrar. Desde muy pequeño, había aprendido que cada criatura, por humilde que pareciera, guardaba un conocimiento valioso. Sus días transcurrían entre el estudio de hechizos y las conversaciones con sus amigos emplumados y peludos. Le encantaba escuchar las historias del viejo búho y los chismes de las ardillas parlanchinas. Sus padres, aunque no entendían completamente su don, lo apoyaban con amor incondicional, sabiendo que Max era un niño especial. Un día, un susurro inquietante llegó de las profundidades del bosque, una preocupación que solo los animales parecían percibir. Algo no iba bien y Max sabía que debía investigar.

La preocupación que Max había sentido provenía del Gran Roble, el árbol más antiguo y sabio del bosque. Los animales le contaron que el Roble estaba enfermo, sus hojas se marchitaban y su tronco se oscurecía, lo que afectaba a todo el ecosistema. El castor, con su voz ronca, explicó que una extraña escarcha plateada, ajena a su clima, estaba cubriendo sus raíces. La zorra, astuta y ágil, había visto sombras moverse cerca del Roble por la noche, sombras que no pertenecían al bosque. Max, con el corazón encogido, decidió ir a ver el Gran Roble de inmediato. Acompañado por su leal amigo el lobo Feroz, y guiado por los trinos de los pájaros, se adentró en la parte más profunda y salvaje del bosque. El camino se volvía más sombrío y el aire más frío a medida que se acercaban a su destino. Max sentía la tristeza del bosque a través de las voces de las criaturas, un lamento silencioso que lo impulsaba a actuar.
Al llegar al Gran Roble, Max se encontró con una escena desoladora. La escarcha plateada cubría gran parte de sus raíces, y el aire estaba cargado de una energía fría y desconocida. Habló con el Roble, cuyas palabras eran débiles y entrecortadas, revelando que la escarcha era un hechizo creado por la envidia, sembrado por un duende celoso de la vitalidad del bosque. Max, reuniendo todo su coraje y su magia, invocó la ayuda de sus amigos animales. Las hormigas, con su fuerza colectiva, comenzaron a despejar la escarcha de las raíces más pequeñas. Las aves, con sus picos, picotearon las partes más grandes. El lobo Feroz usó su aliento cálido para derretir la escarcha más persistente, mientras Max murmuraba un antiguo hechizo de sanación, concentrando toda su energía en el árbol. Lentamente, la escarcha retrocedió, el color volvió a las hojas del Roble, y una cálida luz dorada emanó de su tronco. El bosque entero suspiró de alivio, y Max, agotado pero feliz, comprendió que la verdadera magia residía en la unión y la bondad. Aprendió que cuidando a la naturaleza y trabajando juntos, incluso los problemas más grandes podían ser superados, y que la empatía era el hechizo más poderoso de todos.

Fin ✨
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