
En un reino donde los arcoíris tocaban la hierba y las nubes olían a algodón de azúcar, vivía un pequeño mago llamado Crear Cuento. Tenía el cabello del color del sol más brillante y unos ojos tan azules como el cielo en un día despejado. Su piel era tan clara como la primera luz de la mañana. Aunque era solo un niño, su corazón latía con la magia más pura. Desde que era muy pequeño, Crear Cuento descubrió un don asombroso: la capacidad de volar. No necesitaba escobas ni alfombras voladoras; con solo pensarlo, sus pies se elevaban del suelo y surcaba el aire con la gracia de una mariposa. Esta habilidad lo hacía sentir libre y feliz, explorando los rincones más secretos del reino. Pasaba sus días volando sobre bosques frondosos, lagos cristalinos y montañas cubiertas de nieve. Observaba a los animales jugar, saludaba a las estrellas fugaces y recogía gotas de rocío para crear amuletos de buena suerte. Su risa resonaba en el viento, un sonido dulce que anunciaba su paso. Un día, mientras volaba cerca de las Montañas Susurrantes, escuchó un llanto tenue. Curioso, descendió con cuidado y encontró a una pequeña ardilla atrapada en una rama alta, asustada y sin poder bajar. La ardilla temblaba, sus ojitos brillaban con lágrimas. Sin dudarlo, Crear Cuento extendió su mano. El amor por todas las criaturas era tan fuerte en él como su magia. Su deseo de ayudar la impulsó a usar su poder de la manera más amable.

El mago, con sus suaves movimientos, se acercó a la ardilla con ternura. Le habló con voz tranquilizadora, explicándole que no debía tener miedo y que él la ayudaría. La ardilla, aunque al principio desconfiada, sintió la bondad en sus palabras y la calma que emanaba de él. A medida que él se acercaba, su pequeño cuerpo dejó de temblar. Con extrema delicadeza, Crear Cuento extendió su mano mágica y levantó a la ardilla. La subió con cuidado a su palma, sintiendo sus pequeñas patitas aferradas a su piel. La ardilla, ahora a salvo, se acurrucó en su mano, agradecida por su rescate inesperado. Desde lo alto, Crear Cuento pudo ver la inmensidad del reino, una alfombra verde y azul extendida bajo sus pies. Juntos, el mago y la ardilla, iniciaron el descenso. Volaron suavemente hacia el suelo, donde la madre de la ardilla esperaba ansiosamente. Al ver a su pequeña a salvo, la madre ardilla emitió un chillido de alegría y corrió a abrazar a su cría. La gratitud en sus ojos era palpable. Crear Cuento observó la escena con una sonrisa. Se dio cuenta de que su don de volar no era solo para explorar o divertirse, sino también para ayudar a quienes lo necesitaban. Cada vuelo, cada rescate, fortalecía la conexión con el mundo que lo rodeaba y llenaba su corazón de un propósito aún mayor. Así, Crear Cuento continuó volando por el reino, no solo como un explorador curioso, sino como un protector benevolente. Su habilidad para elevarse le permitía ver los problemas desde una perspectiva diferente y llegar a donde nadie más podía, siempre dispuesto a ofrecer su ayuda.
Desde aquel día, la historia de la ardilla rescatada se extendió por todo el reino. Los animales del bosque aprendieron a confiar en el pequeño mago de cabello dorado y ojos de cielo. Sabían que si se encontraban en apuros, Crear Cuento estaría allí para ellos, volando a su rescate con una sonrisa. Crear Cuento, por su parte, aprendió una lección invaluable: que los dones, por maravillosos que sean, adquieren su verdadero valor cuando se comparten y se usan para el bien. Su poder de volar se convirtió en un símbolo de esperanza y amabilidad para todas las criaturas del reino. Descubrió que la verdadera magia no residía solo en surcar los cielos, sino en la compasión que impulsaba cada uno de sus vuelos. La alegría de la ardilla reunida con su madre, la gratitud en los ojos de un pajarito al que salvó de una tormenta, la sonrisa de un anciano árbol al que ayudó a regar sus raíces, todo ello era su recompensa más preciada. Así, el pequeño mago continuó sus aventuras aéreas, siempre atento a las necesidades de los demás. Aprendió que, aunque uno pueda volar muy alto, es importante mantener los pies (o las alas) en la tierra, conectados con aquellos que necesitan una mano amiga. Y así, Crear Cuento demostró a todos que la bondad y la ayuda son los superpoderes más grandes de todos, capaces de hacer del mundo un lugar más brillante y feliz para vivir, tanto en el cielo como en la tierra.

Fin ✨
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