
En el reino de Cristalina, donde los ríos cantaban melodías y las flores brillaban con luz propia, vivía la Princesa Est. No era una princesa común, pues bajo su delicado vestido y su cabello castaño como la tierra fértil, se escondía una fuerza extraordinaria. Sus ojos marrones, tan profundos como pozos antiguos, a menudo observaban con curiosidad las maravillas del castillo y sus alrededores. Est amaba explorar los vastos jardines, pero a veces, su inmensa super fuerza hacía que las mariposas revolotearan demasiado rápido y las ramas de los árboles crujieran con un simple roce. Los sirvientes del castillo la querían, pero siempre estaban un poco nerviosos cuando jugaba a las escondidas, temiendo que derribara alguna torre sin querer. A pesar de su poder, Est era bondadosa y siempre intentaba controlar su fuerza.

Un día, una sombra cubrió el reino. No era una sombra cualquiera, sino la de un enorme gigante que había aparecido en las montañas cercanas. El gigante no hacía daño, pero su tamaño provocaba temblores y sus rugidos, aunque asustados, resonaban por todo el valle. Los caballeros más valientes intentaron hablar con él, pero el gigante, abrumado por su propia torpeza y miedo, se escondía detrás de las cimas de las montañas, llorando silenciosamente. El rey estaba preocupado, pues los temblores afectaban a las cosechas y a los habitantes del reino. Nadie sabía cómo calmar a la gigantesca criatura. La princesa Est, al escuchar los sollozos del gigante que llegaban hasta el castillo, sintió una punzada de empatía en su corazón.
Sin dudarlo, la Princesa Est decidió ir a hablar con el gigante. Armó una pequeña cesta con frutas del jardín y se dirigió hacia las montañas. Al llegar, el gigante, al verla, intentó apartarse, temiendo asustarla. Pero Est, con su voz suave y firme, lo llamó. Con su super fuerza, levantó suavemente una roca que le impedía el paso al gigante y le ofreció las frutas. El gigante, asombrado por la valentía y la bondad de la pequeña princesa, dejó de temblar. Est le explicó que no todos en el reino le temían y que solo querían entenderlo. Juntos, pasaron la tarde, Est le contó historias del reino y el gigante, sintiéndose comprendido, le mostró cómo podía mover rocas gigantescas con cuidado para ayudar a construir puentes. La princesa aprendió que la fuerza más grande no es la que destruye, sino la que ayuda y protege, y el gigante descubrió que no debía tener miedo de su tamaño si lo usaba con bondad. A partir de ese día, el gigante y la princesa se hicieron los mejores amigos, y la fuerza del gigante se usó para el bien del reino, trayendo paz y prosperidad, enseñando que la comprensión y la empatía pueden vencer hasta el mayor de los miedos.

Fin ✨
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