Luna y el Jardín de las Sonrisas

Por
Marianela Pérez
Marianela Pérez
5/12/2025INICIAL
Luna era una maestra muy especial. Su cabello castaño caía en ondas suaves sobre sus hombros, y sus
Inicio del Cuentito

Parte 1

Luna era una maestra muy especial. Su cabello castaño caía en ondas suaves sobre sus hombros, y sus ojos marrones brillaban con una bondad que contagiaba a todos. Su piel, clara como la luz de la luna que le daba nombre, siempre lucía un rubor saludable, signo de su vitalidad. Luna amaba enseñar y cada día lo hacía con una energía renovada, lista para compartir conocimientos y, sobre todo, cariño. Vivía en un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes, donde las risas de sus pequeños alumnos eran la música más dulce. Pero lo que hacía a Luna verdaderamente única no era solo su dulzura o su dedicación. Luna poseía un don extraordinario, un superpoder que guardaba con humildad pero usaba con gran generosidad: la habilidad de curar. No con pociones ni conjuros, sino con un toque suave y una energía cálida que emanaba de sus manos. Una caricia suya podía aliviar un dolor de cabeza, sanar un raspón o, incluso, calmar el corazón apesadumbrado de un niño. Un día, el pequeño Leo llegó al aula con el ánimo por los suelos. Se había caído jugando y se había hecho un feo rasguño en la rodilla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas pálidas mientras intentaba disimular su dolor. Luna se acercó a él con su sonrisa tranquilizadora. Se arrodilló a su lado, apartó con cuidado la tela de su pantalón y posó sus manos sobre la herida. Una luz tenue y dorada pareció emanar de las palmas de Luna, envolviendo el raspón de Leo. Él dejó de llorar, sorprendido por la sensación de alivio. El escozor desapareció, reemplazado por una calidez reconfortante. Poco a poco, Luna retiró sus manos. La piel de Leo estaba tersa, sin rastro de la herida. Solo quedaba una leve marca rosada que se desvanecería en pocos días. Leo, asombrado, miró a Luna con gratitud en sus ojos. '¡Gracias, señorita Luna!', exclamó con una sonrisa radiante que iluminó su rostro. '¡Me siento mucho mejor!'. Luna le guiñó un ojo. 'A veces, un poco de cariño y esperanza son la mejor medicina', le dijo suavemente. Leo entendió entonces que Luna no solo era su maestra, sino también su ángel guardián, y que su superpoder residía en el amor que compartía.

Los días en el pueblo transcurrían con normalidad, llenos de aprendizaje y juegos. Sin embargo, la f
Desarrollo del Cuentito

Parte 2

Los días en el pueblo transcurrían con normalidad, llenos de aprendizaje y juegos. Sin embargo, la fama del toque sanador de Luna se extendió discretamente. Los padres, agradecidos por la rápida recuperación de sus hijos ante cualquier dolencia menor, hablaban en voz baja de la "magia" de su maestra. No se trataba de una magia ostentosa, sino de un consuelo profundo, una certeza de que el bienestar estaba al alcance de una mano amiga. Un atardecer, mientras Luna paseaba por el parque del pueblo, escuchó sollozos provenientes de un rincón apartado. Era la señora Elena, la anciana florista, sentada en un banco, con el rostro contraído por el dolor. Se había torcido el tobillo al bajar las escaleras de su puesto del mercado y no podía moverse. El dolor era agudo y la preocupación se reflejaba en sus ojos hundidos. Luna se acercó con paso firme pero sereno. "¿Señora Elena, está bien?", preguntó con dulzura. La anciana, al verla, sintió una chispa de esperanza. Luna se sentó a su lado y, con la misma delicadeza de siempre, extendió sus manos hacia el tobillo dolorido de la señora Elena. Cerró los ojos un instante, concentrando su energía sanadora, imaginando el dolor disipándose como niebla al sol. La señora Elena sintió cómo el ardor intenso se convertía en una molestia leve, y luego en casi nada. Abrió los ojos con incredulidad. Podía mover el pie con libertad. El edema empezaba a descender y el color azulado de la hinchazón se tornaba más pálido. El rostro de la señora Elena se iluminó, transformando las lágrimas de dolor en lágrimas de alivio. "¡Oh, Luna, mi niña! ¡Qué maravilla!", exclamó, conmovida. "No sé cómo agradecértelo. Pensé que me quedaría aquí sin poder moverme". Luna sonrió, radiante. "Solo he compartido un poco de energía, señora Elena. Lo importante es que se sienta mejor. Ahora, con cuidado, intente ponerse de pie". La señora Elena, con el tobillo completamente recuperado, se levantó con una facilidad asombrosa, agradecida por el regalo inesperado de Luna.

Parte 3

La lección de Luna no se limitaba a sanar heridas físicas. Comprendía que el verdadero poder residía en la empatía y en la capacidad de aliviar el sufrimiento, ya fuera visible o invisible. Un día, el pequeño Carlos llegó a clase con una tristeza profunda en los ojos. No tenía ninguna herida visible, pero su abuelo estaba muy enfermo y Carlos sentía miedo y desolación. Su risa habitual había desaparecido, reemplazada por un silencio melancólico. Luna notó la pena de Carlos de inmediato. Sabía que no podía curar la enfermedad de su abuelo, pero podía ofrecerle consuelo y esperanza. En lugar de usar su poder físico, decidió aplicar su don de una manera diferente. Llamó a Carlos a su lado, lejos del bullicio de la clase, y se sentó con él. Con una voz suave y llena de ternura, Luna habló a Carlos. No le preguntó directamente qué le ocurría, sino que le contó historias sobre la valentía de los pequeños animales frente a las dificultades, sobre cómo incluso en los momentos más oscuros, la luz siempre encuentra su camino. Le transmitió una sensación de calma y fortaleza, no a través del tacto, sino de sus palabras y su mirada llena de compasión. Era una sanación del alma. Carlos escuchaba atentamente, sintiendo cómo un peso invisible se levantaba de su pecho. La tristeza no desapareció por completo, pero ya no era paralizante. Empezó a sentir una pequeña luz de esperanza, la certeza de que, aunque las cosas fueran difíciles, él tenía la fuerza para afrontarlas. Miró a Luna con una gratitud silenciosa, entendiendo que su maestra podía sanar no solo cuerpos, sino también corazones. Al final del día, Luna le dio a Carlos un abrazo cálido y un pequeño amuleto de madera tallada. "Recuerda siempre ser fuerte y amable, pequeño", le dijo. "Incluso cuando las cosas parezcan difíciles, el amor y la esperanza son los verdaderos superpoderes que siempre llevamos dentro". Carlos asintió, sintiendo por primera vez que su maestra le había regalado algo más valioso que la curación de un raspón: le había devuelto la fe y la valentía.

La lección de Luna no se limitaba a sanar heridas físicas. Comprendía que el verdadero poder residía
Final del Cuentito

Fin ✨

Detalles del Cuentito

Protagonista:Luna
Categoría:
Tipo de personaje:
Superpoder:
Estilo:

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