
Micaela era una niña de cabello castaño y ojos curiosos como avellanas recién caídas. Su piel, besada por el sol, reflejaba las horas que pasaba jugando en el jardín, pero lo que la hacía verdaderamente especial no era su sonrisa, ni su risa contagiosa, sino un secreto maravilloso: Micaela podía hablar con los animales. No eran solo gruñidos o maullidos, eran conversaciones completas, llenas de chismes del bosque y advertencias sobre tormentas venideras. Este don la convertía en la guardiana no oficial de todas las criaturas pequeñas que habitaban cerca de su casa.

Un día, el bosque cercano comenzó a sentirse inquieto. Los pájaros cantaban con nerviosismo, los ciervos parecían perdidos y hasta las tortugas, normalmente tan tranquilas, se escondían en sus caparazones. Micaela, sintiendo la angustia de sus amigos peludos y emplumados, se adentró en el bosque para descubrir qué estaba pasando. '¿Qué sucede?', preguntó a un mirlo posado en una rama alta. El mirlo, con un trino agudo, le contó sobre un río que de repente se había vuelto oscuro y turbio, y que todos los peces estaban enfermos. Micaela sabía que debía hacer algo rápido.
Siguiendo las indicaciones del mirlo y la guía de una sabia lechuza, Micaela llegó a la orilla del río. El agua, que antes era cristalina, ahora fluía con un color lodoso y un olor desagradable. Vio a los peces nadando débilmente, sus escamas opacas. '¿Quién ha ensuciado nuestro hogar?', preguntó Micaela al agua, que pareció susurrarle una respuesta. Había un viejo y desaliñado tejón en la orilla, quejándose de que unos humanos habían dejado basura y productos químicos cerca de la fuente del río. Micaela comprendió que la naturaleza necesita nuestro cuidado y respeto para mantenerse sana. Reunió a todos los animales y les explicó la situación, inspirándolos a trabajar juntos para limpiar el río.

Fin ✨
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