
Érase Una Vez era un niño muy especial, no solo por su cabello rosado y sus ojos grises que parecían espejos del cielo, sino también por un secreto maravilloso: podía respirar bajo el agua. Vivía en un pequeño pueblo junto a un lago inmenso, y a menudo se preguntaba qué maravillas se esconderían en sus profundidades. Aunque era un niño, Érase Una Vez tenía la mente de un explorador. Pasaba horas leyendo libros en la biblioteca del pueblo, soñando con aventuras submarinas. Su piel, de un tono medio, brillaba ligeramente bajo el sol cuando jugaba cerca de la orilla, observando los peces que nadaban ágilmente. Un día, una extraña luz comenzó a emanarse del centro del lago. Los aldeanos estaban asustados, nunca habían visto algo así. Decían que era obra de algún hechizo o una criatura mística que habitaba en las aguas. Érase Una Vez, sintiendo una mezcla de valentía y curiosidad, decidió que era su momento de usar su don. Sabía que debía ser él quien descubriera el origen de la luz y trajera paz a su pueblo. Preparó su mochila, llena de lo esencial para una expedición submarina. Con una respiración profunda, se zambulló en el lago. El agua, al principio fría, pronto se sintió como un abrazo cálido. Pudo ver con total claridad mientras descendía, la luz volviéndose más intensa a cada metro que avanzaba.

A medida que se adentraba en el lago, el mundo submarino se desplegaba ante sus ojos como un tapiz de colores vibrantes. Corales de formas fantásticas se alzaban desde el lecho arenoso, y bancos de peces de escamas iridiscentes nadaban a su alrededor, sin temor. Siguiendo el rastro de la luminiscencia, Érase Una Vez llegó a una cueva escondida detrás de una cascada submarina. La luz provenía del interior, palpitando con una energía suave y acogedora. Con el corazón latiendo con expectativa, entró. Dentro, encontró una criatura pequeña y radiante, hecha de pura luz, atrapada en una red hecha de algas oscuras. La criatura parecía débil y triste. Érase Una Vez comprendió de inmediato que la luz del lago era la señal de auxilio de este ser. Con sus manos, comenzó a liberar cuidadosamente a la criatura de la red. Cada alga que quitaba permitía que la luz de la criatura brillara con más fuerza. Era un trabajo delicado, pero Érase Una Vez estaba decidido a ayudar. Finalmente, la criatura quedó libre. Voló alrededor de Érase Una Vez, emitiendo destellos de agradecimiento. La luz se extendió por toda la cueva, revelando hermosas formaciones rocosas y tesoros olvidados que brillaban con el resplandor recién liberado.
La criatura de luz, ahora libre y feliz, guió a Érase Una Vez de regreso a la superficie. A medida que ascendían, la luz que emanaba de la criatura se intensificó, disipando las sombras del lago y llenando el agua con un brillo dorado. Cuando Érase Una Vez emergió, los aldeanos se quedaron boquiabiertos. El lago ahora relucía con una luz hermosa y constante, y la criatura de luz volaba graciosamente sobre el agua, regalando su brillo a todos. Los aldeanos, al ver la paz y la belleza que la criatura traía, se dieron cuenta de que no había nada que temer. Comprendieron que a veces, lo que parece aterrador es solo algo que necesita ser comprendido y ayudado. Érase Una Vez, con una sonrisa, explicó cómo había encontrado a la criatura atrapada y cómo su valentía y su don habían sido la clave para resolver el misterio. Les enseñó que la verdadera fuerza no solo reside en los superpoderes, sino en la empatía y el coraje para ayudar a los demás. Desde ese día, el Lago Luminoso se convirtió en un lugar de maravilla y paz. Los aldeanos aprendieron a valorar la belleza que se esconde en lo desconocido y a nunca juzgar algo solo por su apariencia. Érase Una Vez se convirtió en el guardián del lago y de su lección: la bondad y la valentía siempre iluminan el camino.

Fin ✨
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