Eduardo y la Montaña Dormida

Por
Ariel Osorio
Ariel Osorio
6/12/2025INICIAL
En un pequeño pueblo anidado entre colinas verdes, vivía el Profesor Eduardo Vera. Era un hombre de
Inicio del Cuentito

Parte 1

En un pequeño pueblo anidado entre colinas verdes, vivía el Profesor Eduardo Vera. Era un hombre de edad dorada, con una mata de cabello blanco que parecía nevada perpetua y unos ojos marrones tan profundos como la tierra fértil que rodeaba su hogar. Su piel, de un tono medio, reflejaba los años de sabiduría y amabilidad. Eduardo no era un profesor común y corriente; además de impartir clases fascinantes sobre historia y geografía, poseía un secreto asombroso: una fuerza descomunal que superaba la de cualquier ser humano. Eduardo amaba su pueblo, su tranquilidad y sus habitantes. Pasaba sus días enseñando a los niños del lugar, contándoles historias de héroes antiguos y de maravillas naturales. Por las tardes, disfrutaba de largas caminatas por los senderos que serpenteaban por las colinas, siempre con una sonrisa amable y un saludo para quien cruzara su camino. Nadie en el pueblo sospechaba la increíble fuerza que se escondía tras su apacible apariencia de anciano sabio. Un día, una extraña sombra comenzó a cubrir el sol del mediodía. Los pájaros dejaron de cantar y una inquietud se apoderó de los corazones de los aldeanos. La causa era la Montaña Dormida, una antigua elevación que, según las leyendas, era la guardiana del valle. Algo la estaba molestando, provocando temblores y oscureciendo el cielo. Los más valientes del pueblo intentaron acercarse, pero las rocas que caían y los vientos huracanados los hicieron retroceder. El miedo se extendió como la niebla de la mañana. Se decía que solo un corazón puro y una fuerza inmensa podrían calmar a la montaña. Fue entonces cuando Eduardo Vera, con su andar pausado pero decidido, se presentó ante los aldeanos reunidos en la plaza. Sus ojos marrones brillaban con determinación, y aunque nadie lo sabía, estaba a punto de revelar su increíble don.

Sin decir palabra, Eduardo se dirigió hacia la Montaña Dormida. El camino era arduo, lleno de peligr
Desarrollo del Cuentito

Parte 2

Sin decir palabra, Eduardo se dirigió hacia la Montaña Dormida. El camino era arduo, lleno de peligros que desanimarían a cualquiera. Piedras rodaban por la ladera, y el viento aullaba como una bestia enfurecida. Pero Eduardo, con una calma sorprendente, sorteaba cada obstáculo. Sentía la tristeza de la montaña, una pena profunda que emanaba de su corazón rocoso. Al llegar a la base, Eduardo posó sus manos en la fría piedra. Cerró los ojos, concentrando toda su energía. Podía sentir la gran pena que atormentaba a la montaña. Eran las lágrimas de la tierra, la rabia de los ríos desviados, la frustración de las raíces oprimidas. Eduardo comprendió que la montaña no estaba enfadada, sino dolida. Respiró hondo y, con un rugido que hizo temblar el suelo, comenzó a empujar. No con rabia, sino con una fuerza controlada y compasiva. Sus músculos se tensaron bajo su ropa, su cuerpo irradiaba una energía invisible. Las rocas más grandes que bloqueaban su paso se movieron con un chirrido, las cascadas caídas por el temblor empezaron a fluir de nuevo, y los ríos, que antes rugían con furia, comenzaron a calmarse. Eduardo trabajó incansablemente, moviendo enormes peñascos, despejando senderos para que el agua fluyera libremente, y plantando árboles jóvenes en las laderas erosionadas. Era un ballet de fuerza y ternura, un diálogo silencioso entre el hombre y la naturaleza. Cada roca que movía, cada árbol que plantaba, era un acto de sanación para la Montaña Dormida. Con cada gesto, la oscuridad que envolvía el pico comenzaba a disiparse. Los temblores cesaron por completo, y el aire se volvió más ligero y puro. La montaña, que antes parecía amenazante, ahora exhalaba una paz profunda, como si un gran peso hubiera sido levantado de su corazón.

Parte 3

Cuando Eduardo regresó al pueblo, el sol brillaba con una intensidad renovada, y los pájaros cantaban melodías alegres. Los aldeanos corrieron a su encuentro, llenos de asombro y gratitud. Lo abrazaron, sus rostros reflejando la alegría de ver a su protector de vuelta y a su valle salvado. El alcalde, con lágrimas en los ojos, preguntó a Eduardo cómo lo había logrado. El profesor, con su característica humildad, respondió: "La montaña solo necesitaba ayuda. Estaba sufriendo, y como amigos, debemos cuidarnos unos a otros y a nuestro hogar, sin importar cuán grandes sean los problemas." Desde aquel día, Eduardo Vera fue conocido no solo como un gran maestro, sino como el guardián del valle. Continuó enseñando a los niños, pero ahora sus historias incluían la importancia de la empatía, la fuerza interior y el respeto por la naturaleza. Les enseñó que la verdadera fuerza no reside en la violencia, sino en la capacidad de ayudar y sanar. La Montaña Dormida, ahora tranquila y majestuosa, se convirtió en un símbolo de resiliencia y armonía. Los aldeanos aprendieron la lección de Eduardo: que incluso los problemas más grandes pueden superarse con coraje, compasión y una mano dispuesta a ayudar. Y así, el pueblo prosperó, bañado por el sol y protegido por la montaña amiga, todo gracias a la sabiduría y a la inmensa fuerza de un anciano profesor con un corazón de oro, recordándoles siempre que la bondad y el esfuerzo conjunto pueden mover montañas, y calmar incluso las más furiosas.

Cuando Eduardo regresó al pueblo, el sol brillaba con una intensidad renovada, y los pájaros cantaba
Final del Cuentito

Fin ✨

Detalles del Cuentito

Protagonista:Eduardo Vera
Categoría:
Tipo de personaje:
Superpoder:
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